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Posts Tagged ‘alergia’


Tras un tiempo mucho mayor del que hubiera esperado, hoy procedo a cerrar un ciclo. Y ese ciclo, como podréis suponer, implica (por fin) el final de éste mi maravilloso Diario, tras haberos deslumbrado con las extrañas reacciones que tiene mi organismo al contacto con alimentos a priori inofensivos, como el pescado o el huevo, o con los estragos que causa el polen en mis maltrechos y asmáticos pulmones (el que se fuma no, el de la primavera), e incluso con las tonterías que hacen mis intestinos cuando ven venir a la lactosa. Me dejo muchas y muy divertidas alergias en el tintero, como las de los frutos secos, la del marisco, o la de las mascotas (el trauma infantil por no haber tenido un perrito tendrá una disertación aparte). Pero hay que saber darle un final adecuado a todo. Y éste final va a ser la polla.

Mi humor merece un premio, ahora entenderéis por qué.

Y es que la alergia que procedo a mostraros hoy es, sin lugar a duda, la que más burlas, coñas y paridas de gente idiota ha hecho llover sobre mi persona. Ese detalle que siempre dejas para el final porque sabes que va a arrancar los más variados “OOOOOOOOOH” y “JAJAJAJAJAJAJA” de aquellos que te escuchan. No es ni más ni menos, queridos lectores, que la alergia al látex.

"Jeje, por mi culpa te saldrá caro follar"

“Jeje, por mi culpa te saldrá caro follar”

Porque la enorme putada que supone esta alergia se manifiesta de forma diferente según la etapa vital de aquel que la sufre. Creo que puedo establecer claramente 3 etapas. A saber:

INFANCIA

Creo que es difícil que os hagáis a la idea de la magnánima cabronada que supone para un niño, no ya tener terminantemente prohibido jugar con los globitos de colores en los cumpleaños, si no ser consciente de que se tiene que mantener alejado de ellos ya que “hacen pupita”. He de reconocer que no tengo recuerdo de que hubiera globos en mis cumpleaños. Y si llegó a haberlos, Mamá, eres una vacilona.

Otro aspecto muy jodido del impedimento infantil del contacto con el látex llega en el siempre esperado e ilusionante verano. Los globos de agua eran armas de destrucción masiva en lo que a mi respectaba. Con la edad llegué a entender que los globos sólo me daban alergia si entraban en contacto con la piel, y que realmente era más molesto que peligroso, pero en aquella época sentía auténtico pánico.

La sonrisa falsa y forzada del niño de la derecha le delata. Él también es alérgico.

La sonrisa falsa y forzada del niño de la derecha le delata. Él también es alérgico.

ADOLESCENCIA

Oh, destino cruel. Es en esta etapa de la vida de un alérgico al látex cuando se comprende la magnitud de la broma que le ha gastado la vida. Y es que es en estas edades cuando el alérgico al látex deja de jugar a los médicos con sus congéneres femeninas y dedica sus esfuerzos a asuntos más trascendentales y satisfactorios. Que empieza a meterla en caliente, vaya. Y no me voy a centrar sólo en el género masculino, viene a ser el mismo problema que les surge a las pobres chiquillas con este inconveniente. Pero como nunca he conocido a una alérgica al látex y el que sufre el problema soy yo, pues a juir.

La realidad es que uno entiende el concepto de “desigualdad” cuando le toca comprar condones sin látex. Las nuevas generaciones de alérgicos deben sentirse agradecidos porque la ciencia avance y con ello la facilidad para producir nuevos materiales, pero en mis tiempos, comprar preservativos “para alérgicos” era un atraco a mano armada. Es lo más parecido a un navajazo en las costillas que me han dado en mi vida. Incluso más que la primera vez que me pedí una cerveza en el Gorila. Si la memoria no me falla, y no me falla porque lo tengo grabado a fuego, mi primera compra fue de un paquete de 4 preservativos de poliuretano por 25€. Creo que puedo ver vuestros gestos de dolor desde aquí.

Como he dicho, la ciencia se ha puesto a mi favor con el tiempo y hoy por hoy ciertas marcas ofrecen soluciones más económicas, de unos 11€ por 10 condones del mismo material. Pero os puedo asegurar que en su momento hacía falta un sueldo para costear el vicio. Ni el tabaco, oiga.

Mi cara la primera vez que fui a comprar a una farmacia.

Mi cara la primera vez que fui a comprar a una farmacia.

JOVEN/ADULTO

El conflicto adolescente de rascarte el bolsillo para evitar descendencia no deseada es un problema que se tiene de por vida y al que te terminas acostumbrando en un momento dado. El siguiente conflicto con el látex aparece de formas muy variadas durante la edad adulta. Pongamos ejemplos:

Supongamos que trabajas en terrenos como el de la ciencia o el de la cocina (más parecidos de lo que mucha gente se piensa). Uno de los elementos necesarios para la práctica de éstas profesiones son los guantes, típicamente de látex. Me encontrado con empresarios HIJOS DE LA GRANDÍSIMA PUTA, con todas sus letras, que me han obligado a comprar mis propios guantes de vinilo, por no considerarlo un gasto que tuviera que asumir la empresa. Por suerte en el terreno de la ciencia y la medicina se impone cada vez más el uso de guantes de vinilo, más resistentes y más cómodos, pero alguna enfermera malnacida se ha empeñado en sacarme sangre con guantes de látex porque sus ovarios decían que así debía ser. Especial dedicación para ese tatuador argentino que me ignoró cuando le informé de mi alergia.

Otros casos menos evidentes pero igual de jodidos son los de los famosos colchones de “viscolatex”. Trampas mortales para un alérgico despistado en hoteles de cierta calidad. Suerte de ser pobre.

NEVAH FORGET CONSTANTINO

NEVAH FORGET CONSTANTINO

Dicho todo esto y esperando que hayáis pasado un buen rato descojonandoos enormemente a costa de mi persona, este humilde alérgico se despide de vosotros hasta otra ocasión. Eso sí, en próximas ocasiones os reiréis de los problemas de salud de otro de los miembros de La Tasca. Yo creo que por mi parte ha sido suficiente.

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Saludos, parroquianos. Se acerca el final del verano y, como podréis comprobar, en vez de estar en la playa dedicándome a la vida contemplativa (contemplando tetas, vaya), estoy en casa, delante del portátil y escribiendo otra entrega más de una saga directamente orientada a que os riáis de mi. Luego tendré los cojones de preguntarme a mí mismo qué es lo que falla en mi vida.

Tonterías aparte.

Estoy seguro que muchos de vosotros habréis escuchado alguna vez de algún conocido o desconocido que es alérgico a la leche. No entraré a contradecir el diagnóstico médico de nadie, pero puedo afirmar que en el 90% de los casos, el propio “alérgico” no tiene ni puta idea de lo que está hablando. Tal cual.

¿Alérgico a la leche?

Y es que, como ya he dicho, la mayor parte de las veces ni el que padece la intolerancia digestiva a la lactosa sabe que NO es una alergia. Si que es cierto que el intolerante prácticamente excluye los lácteos de su dieta, pero no porque sean peligrosos, como suele suceder con las alergias, si no porque pueden llegar a ser MUY molestos. A ver cómo os lo explico.

Poneos en situación. Vais por medio de un desfiladero (si, un desfiladero, poneos en situación y punto), y delante de vosotros aparece una manada de ñúes con el evidente propósito de embestiros. Pero, casualidades de la vida, os agacháis y la manada pasa por encima vuestra casi sin haceros daño, pero se lleva por delante a vuestro colega (ese colega útil que nadie sabe por qué está ahí pero al que se le agradece su presencia). Extrapolándolo a nivel intestinal, esto es lo que pasa. Las microvellosidades intestinales no son capaces de absorber la lactosa, así que al contacto con este azúcar se irritan y se contraen, y se deja de digerir todo lo que estuviera en el intestino en ese momento. Pero además, recordemos que el colega útil también se va por tabaco, y en este caso el colega es la flora bacteriana intestinal.

Conclusión: Todo intolerante a la lactosa que, voluntariamente o por error, ingiera dicho alimento (o, recordemos, cualquier otro derivado que lo contenga), va a entablar una larga y dolorosa amistad con su retrete. Porque no solo va a estar jodido después de comer lo que no debe, sino el tiempo que sus intestinos tarden en recuperar la normalidad, y esto puede ir desde horas hasta un día según el caso.

Dicho esto, os aviso que, salvo sorpresa, sólo restan dos entregas del Diario, que aparte de que se me acaban las alergias empiezo a sentirme idiota cada vez que releo los artículos y me doy cuenta de que me estoy riendo de mí mismo.

¡Disfrutad de lo que queda de verano, que ya va quedando poco!

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Viniendo del que os escribe, el lector podría esperarse que la llegada de la primavera me condicionaría a un aislamiento casi total del medio exterior ahora que el reino vegetal empieza a emitir amor a los cuatro vientos – mi dominio de la metáfora a veces me sorprende a mí mismo -. Pero el universo, quizá en un amable intento por dejarme disfrutar de la vida ahora que llega el buen tiempo, tomó la agradable decisión de no hacérmelas pasar canutas a medida que avanza el mes de Marzo.

La realidad es que, al menos a efectos prácticos, no tengo alergias estacionales.

¿Alergia al polen?

Y os preguntaréis, “¿a efectos prácticos?”. Dejadme que os explique.

En alergología existe una pruenba denominada PRASS o Test Cutáneo de Alergia que ayuda a revelar si el paciente presenta algún tipo de hipersensibilidad, generalmente centrado en descrubir dichas afecciones en relación a alimentos, epitelos animales – de mascotas, mayormente-, y de los diversos alérgenos ambientales. Pues bien, en mi último examen alérgico, hará cosa de dos años, apareció algo que no había aparecido nunca hasta ese momento: Alergias nuevas al polvo, gramíneas, olivos y demás tipos de polen. Todo ello sumado a mis ya consabidas alergias alimenticias.

El bonito destrozo que te hacen en el antebrazo para comprobar si tienes alergia.

Este nuevo dato me habría tocado un poquito mis amplias narices, de no ser porque me lo hicieron en pleno abril, en medio de la fabulosa explosión de polen de olivo que se dió aquel año en Sevilla, y que tuvo en KO técnico a una buena parte de mis conocidos. Es decir, según mi organismo yo debería caer en cama cada 21 de Marzo – o antes, según como se porte el clima -, pero la realidad es que, salvo algún estornudo ocasional, dedico las fechas primaverales a reírme del personal.

Es divertido ver como gente que, en circunstancias normales, te dice “qué, otra vez el dopaje?” con cara de personita especial cada vez que una crisis asmática me obliga a sacar el ventolín, no lo suelte ni para dormir cuando a las flores les da por montar su orgía ambiental. Y, además, a diferencia de ellos yo no necesito tener antihistamínicos cerca, por lo que pueda pasar.

Dicho esto, sólo me queda decir “Bienvenidos de nuevo a la Tasca” y “mientras os estéis muriendo de alergia a las flores, yo estaré felizmente de botellón”.

Que os jodan, cabrones.

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Fecha de publicación del Diario de un Alérgico: Parte I: 6 de Agosto de 2011.

Si, lo sé, han pasado casi 3 meses en los que muy probablemente podría haber publicado cuatro o cinco entregas más, pero la realidad es que aquí un servidor se confiesa vago, maleante y borracho. Dicho esto, procedo a entregaros las 2ª parte de las desventuras de vuestro Hipersensible de tipo I favorito con un nuevo invitado especial: La ovoalbúmina, proteína de huevo, o la cosa pegajosa y amarilla que está dentro de la cáscara y que echáis en la sartén, el nombre que le queráis dar me es totalmente indiferente.

El Enemigo

Y es que, cuando te confiesas públicamente como alérgico al huevo, una marabunta de gente, a medio camino entre asombrada e indignada, te rodea acribillándote con la misma pregunta: “¿Pero entonces nunca has probado la tortilla de patatas?”. No señores, no. Nunca he probado la tortilla de patatas. Tampoco contemplo como posibilidad darme un festín de tortilla en el momento de un teórico suicidio, como ya se me ha sugerido en más de una ocasión.

Aplíquese esto mismo con el huevo frito (cabrones, que sois una mancha de cabrones).

Pero aquí no acaba la cosa. La alergia al huevo es posiblemente una de las más traicioneras a la hora de mi relación diaria con los alimentos que ofrece el mercado actual. Pensad en cualquier alimento elaborado que consumáis a lo largo del día. El 90% de las pastas que venden en los supermercados lleva huevo. No digamos nada de la bollería. Es más, cualquier tipo de alimento previamente elaborado puede sorprenderte con el uso de huevo en el lugar menos esperado – Campofrío no quiere que disfrute de la mozzarella, y por ende de sus pizzas -. Esta situación se eleva a la enésima potencia cuando mi intención es la de comer fuera de casa y, por supuesto, no tengo ni la más mínima idea si al restaurante en cuestión le habrá dado por usar productos mata-alérgicos en la elaboración de su menú.

Y debo dar gracias por no haber nacido en EE.UU.

Claro que, siendo realistas, no puedo evitar agradecer en cierta medida que esta situación sea así. Los lectores deben de saber sobre el que escribe que, aparte de los adjetivos aplicados al inicio del artículo, es un gordo mental de dimensiones lovecraftianas. Y digo gordo mental porque precisamente mi alergia al huevo me impide saturarme de dulces, tartas, helados y demás basura culinaria, que de otra manera me habrían llevado casi inevitablemente a una situación de obesidad poco saludable.

Y hasta aquí llega la segunda entrega del Diario. Espero que os hayáis reido tanto a mi costa como suele hacerlo mi entorno cercano y prometo volver a publicar cuando me salga de mis alérgicos cojones, que al menos los míos no me matan.

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Después de varias sugerencias de la mancha de cabrones que tengo por amigos y compañeros de redacción, me he animado a contarle al mundo como pasa el día a día una persona con la Inmunoglobulina E en modo Grand Theft Auto – sustituid a los inocentes peatones atropellados por una gran cantidad de sustancias, en teoría inocuas, y que mi organismo reconoce como miembros de Al-Qaeda -. O lo que es lo mismo, cómo trata el mundo, desde todos los aspectos, a un alégico avaricioso – más por la cantidad de alergias que por la calidad de las mismas.

En cada una de las entradas procuraré tratar una alergia en concreto y en esta primera parte comenzaré tratando una de las más jodidas, y por qué no, cómicas, de las que dispongo:

La alergia al pescado.

"Entonces tu eres más de carne que de pescado, ¿no?" Viva la originalidad de la gente

Procederé a aclarar una duda que parece tener todo aquel que se entera de esta alergia.  Efectivamente, soy alérgico a TODOS los tipos de pescado. Da igual que sea azul, blanco o gallego con chapapote, un simple despiste en cocina y un servidor acaba con sus huesos en Urgencias y llorándole al médico por una dosis de Urbasón digna de un mamut lanudo.

Esta alergia es, si cabe, más jodida teniendo en cuenta el lugar donde vivo. La provincia de Cádiz no es precisamente famosa por sus cocidos, sus venados y sus jabalíes, sino por el archifamoso Pescaíto Frito típico de ciudades como Sanlucar de Barrameda o Cádiz y que por supuesto acaban saturando los bares y restaurantes de esta bonita provincia. Y precisamente esto tiene una consecuencia directa sobre mí:

El Tapeo es un deporte de riesgo.

Evidentemente, podría ir al bar en cuestión y limitarme a aquello que sé con seguridad que no me mata. Pero aquí llega lo peliagudo y que no todo el mundo piensa – es más, aun no he encontrado a ninguna mente lúcida que llegue a esta conclusión usando la sencilla lógica -. ¿Quién me asegura que el aceite con el que han cocinado mi delicioso filete de ternera no ha sido usado previamente para una merluza? ¿Cómo sé que el cuchillo con el que han cortado el tomate de mi ensalada no fue utilizado para descuartizar una sardina? Y esto es extensible a cualquier restaurante y a cualquiera de mis alergias, con lo cual tiendo a recurrir a la solución más obvia y sencilla.

Si me apetece comer, a mi puta casa, y así me ahorro jugar a la ruleta rusa con un boquerón en vez de un arma.

Y hasta aquí llega la primera parte de una laaaaaaaaaarga lista de artículos que tengo pensado hacer – tantos como alergias tengo -. Sólo me queda añadir una cosa:

Donde esté un buen filete de ternerica recién matada, que se quite todo el pescado del mundo.

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