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Posts Tagged ‘cubata’


Tras un retraso algo más duradero del previsto inicialmente, me dispongo a dar conclusión al apasionante estudio que supone encontrar la relación entre las etapas vitales del ser humano y su correspondencia etílica. Pero claro, la primera parte fue sencilla. Prácticamente todos mis conocimientos son derivados de la propia experiencia o de la experiencia del prójimo cercano. El problema que he tenido con la segunda parte ha sido un error de concepto. No soy un pureta. O bueno, no sé, es algo que empiezo a plantearme ultimamente, pero el caso es que no dispongo de la experiencia que da la edad en un ámbito como el alcoholismo, así que este artículo pasó de ser una simple reseña etílico-humorística a todo un trabajo de investigación.

Procedo a mostraros mis conclusiones al respecto. Sobra decir que en las siguientes descripciones están totalmente excluidos aquellos que se toman su cervecita y su copa y con eso aguantan. Aquí se van a detallar casos ficticios, pero asombrosamente correspondidos con la realidad, de BORRACHOS PROFESIONALES.

Para aquellos que no la recuerden ya, o que ni siquiera llegaron a leerla, tenéis la primera entrega en el siguiente enlace: 1ª Parte

De 26 a 30 años: Aquí, ya sí, podríamos empezar a hablar del pureta. Pureta primerizo o novel, pero pureta al fin y al cabo. Y si encima gusta de aliñarse los cigarrillos, puede ir hasta con la L, como los coches. En esta etapa y salvo un gusto poco sano por estar tirado en la calle – absténganse perroflautas, jipiosos y demás morralla social -, el pureta neófito le tendrá el gusto más que pillado a hacerse la ruta de bares de su lugar de residencia, teniendo siempre un antro en concreto como su segunda casa. Pese a todo, quizá como reminiscencia de su anterior etapa alcohólica, el borracho cercano a la treintena puede seguir siendo un asiduo al botellón de fin de semana, llegando, si su situación económica lo permite, a retomar el consumo de marcas más respetuosas con su salud hepática. Tampoco sería de extrañar que en estos casos rematara su pedal predominical en su discoteca favorita.

Habituales de la Tasca, disfrutando de sus últimos botellones pre-pureteo

De 31 a 45: Estas edades no dejan de ser orientativas, en ningún caso pretenden sentar cátedra sobre las etapas de alcoholismo por las que pasa un individuo humano a lo largo de su vida, pero la ciencia se basa en el empirismo, y no hay mejor experiencia que la de echar un vistazo a tu alrededor cuando entras en tu bar favorito. Llegados a este punto el borracho es un pureta de manual. Pasada la treintena, vida más o menos estabilizada – quien sabe si pareja y prole -, un trabajo, da igual el nivel de remuneración del mismo, y una eterna y terrible añoranza por las cogorzas alcanzadas en su cercana juventud. Famoso aquello de “quedamos para tomar un café”, sabiendo como se sabe que ese cafelito dará lugar a una considerable cantidad de cañas, y que éstas terminaran derivando en una cantidad igualmente considerable de cubatas. Al entrar en esta etapa, al menos en un alto porcentaje de los casos, se habrá abandonado por completo la honorable práctica de ciegarse barato y en la calle. Podría correrse el riesgo de cruzarse con el hijo del vecino, o de algún compañero de trabajo. Y quién sabe, si se dieron prisa en este sentido, hasta a los suyos propios.

De 46 a 60: A estas alturas del cuento nuestro pureta tiene dos cosas: más años que irse de putas – cosa que seguramente también haga – y el hígado como un coladero. Toda vez que los años de esplendor hace tiempo que pasaron y que su edad se hace un recordatorio más grande si cabe de que no van a volver, durante esta etapa se encuentran la gran mayoría de los maravillosos y bochornosos casos de “ostia, no veas la borrachera que lleva el/la viejo/a de allí”. Durante esta etapa, el borracho – nótese que uso el másculino cómo género neutro, tal y como indica el castellano, no las mierdas esas de las “x” que se han inventado ahora los antisistema – comenzará de nuevo a frecuentar bares, pubs, discotecas, y quién sabe si botellones – se han visto casos – con el desesperado objetivo de darle el último lametón a la vida nocturna, y quién sabe si a un tierno e incauto jóven o jóvena que vaya incluso más afectado que él y que no se de cuenta ni en qué año vive.

Un ejemplo clarísimo de lo que vengo explicando

De 61 años en adelante: La jubilación está al caer o ha llegado ya, se tienen más nietos de los que posiblemente se esperaba y el médico ya le ha dicho que, o deja de beber, o no llega la comunión de su primer nieto. Se acabó lo que se daba, ¿no? JA. Pasaos los domingos por la mañana por el bar de vuestro barrio y observad al adorable anciano que se mete entre pecho y espalda un carajillo o un vaso de Anís o Chinchón a las 10 de la mañana. Amigos míos, ese caballero – o esa dama – se ha pegado fiestas tan grandes que sólo te queda rezar por vivirlas también y no morirte por el camino.

Y dicho esto un servidor cierra, 7 meses después, este apasionante viaje por las etapas del alcoholismo social. Espero que hayáis disfrutado tanto leyendo como yo escribiendolo. Lo que no os deseo son las resacas que me han llevado a publicar estas reflexiones, pero vamos, que sabiendo la escoria – con cariño – que frecuenta este blog, sólo os puedo decir una cosa.

Invitarse a un cubata un día de estos, hijos de puta.

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